Obsesionada con los cuadernos

“Keep a notebook. Travel with it, eat with it, sleep with it. Slap into it every stray though that flutters up into your brain. Cheap paper is less perishable than grey matter. And lead pencil markings endure longer than memory”.

Jack London.

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(en instagram soy CASI -alguien luego se apoderó de él un par de veces- la única persona que usa el hashtag #coleccióndecuadernos y allí podrán ver algunos a los que le he sacado fotos)

Soy adicta a comprar cuadernos. Es inevitable, ¿cómo no hacerlo si cada vez los hacen más bonitos? Después están otras cuestiones. La primera, ¿para qué lo uso? La segunda, también muy importante, ¿y si no le doy el uso que se merece? ¿Y si lo arruino? Tengo todavía muchos cuadernos preciosos que no he usado sólo porque me da pena hacerlo, lo cual si lo pienso es una estupidez, pero no puedo evitarlo. Quiero que sean eternamente bellos.

No sé cuántos cuadernos tengo. No sé cuántos tengo sin usar ni tampoco cuántos empecé (confieso que no terminé demasiados, por eso de constantemente empezar alguno otro), hace mucho que dejé de contarlos.

Actualmente, mis preferidos son:

-El de mi bullet journal. Ese de Brugges de Minnie Mouse que ven en la foto. Es hermoso.

-Mi diario personal. Un cuaderno-lata que dentro tiene hojas de todo tipo, rayadas, lisas, con puntos y hasta color madera. Ése es el que no dejo que nadie lo lea.

-Uno inclasificable, muy bonito y rayado, generalmente el que llevo conmigo si viajo a algún lado y tiene dibujos, reflexiones, frases, scrapbooking y lo que se me ocurra en el momento.

-Uno de Star Wars donde simplemente anoto todas las películas que veo a lo largo del año. Decidí de todos modos que el año que viene voy a hacer lo mismo pero agregando la fecha en que las veo, o quizás separando por mes -no sé, ya veré-.

-Uno pequeñito que va siempre conmigo en la cartera, también es íntimo -o sea no se lo mostraría a nadie-, y escribo todo lo que se me ocurre que quiero pero no tengo el cuaderno correspondiente a mano, así que luego transcribo.

-Un anotador de mano donde escribo frases o reflexiones que se me ocurren sobre las películas que veo y sobre las cuales luego tengo que escribir.

Obvio que tengo más en uso, como uno con frases de libros que transcribo, o dibujitos varios, o ideas para mi blog o lo que fuera. Pero los mencionados son los que suelo tener más a mano -en mi mesita de luz, una mesita de luz que rebasa de cosas, tengo que confesar-.

Para mí nunca habrá como escribir a mano, es algo que me encanta y me produce mucho placer. Escribir con una linda lapicera, que se deslice bien, que tenga un lindo color. En mi día a día uso las Uniball y en mi bullet journal las Staedtler, no las cambio por nada.

Cuando era más chica y mi madre me llevaba  a hacer las compras a principio del año escolar siempre volvía un poco decepcionada de no poder llevarme todo. Ahora que crecí y que yo manejo mi propio dinero, decidí que no tengo por qué no comprarme algo sólo por el hecho de que, es verdad, puede que no lo necesite. A la larga, lo considero pequeños gustos, de esos inofensivos. Así, acumulo cuadernos y útiles escolares, so what?

Paseando por el cementerio

No sé por qué sólo hasta que leí “Alguien camina sobre tu tumba” de Mariana Enriquez no se me había ocurrido la idea de ir a visitar cementerios. O sea, cuando viajaba a algún lado, sin necesidad de que fuera muy lejos incluso.

No conozco muchos cementerios, pero por ejemplo me fascina (y no entendería a alguien que no, con lo bello que es) el Cementerio de la Recoleta, tanto que la última vez casi me dejan adentro, pero me reservo esa anécdota por vergüenza (dejaría en evidencia mi ignorancia ante 1: el aviso de cierre y 2: el horario estipulado).

Cuando con mi novio surgió la idea de escaparnos el fin de semana y elegimos como destino la ciudad de Lobos, yo estaba bastante sumergida en el que fue el primer libro que leí de Enriquez. Entonces, a la hora de investigar qué podíamos hacer, busqué si había un cementerio. Y efectivamente lo hay.

Ubicado un poco lejos (quizás más de veinte cuadras) de donde nos hospedaríamos, me estudié el recorrido en el mapa, aunque no había podido averiguar su horario (y no sé si hay un horario “normal” de cementerios y cuál sería éste). Por suerte, al llegar nos tranquilizamos al ver el cartel que indicaba su apertura de 10 a 18. Es que fuimos al mediodía, un sábado, y como Lobos es muy pueblo, muchos lugares cierran a la hora de la siesta (me perdí de comer algo aunque no de comprar en el Almacén de Ideas por ese mismo motivo por ejemplo).

El cementerio está ubicado casi en la entrada a la ciudad, sobre la ruta, y al lado de unas viejas vías de tren. Lo primero que se aprecia, ya desde lejos, son los nichos. Hay miles de ellos, incluso un primer piso al cual nosotros subimos para apreciar el cementerio desde una altura un poco mayor.

Contrario a lo que imaginábamos, el cementerio de Lobos no es ni pequeño ni tan modesto. Es cierto que no hay muchas esculturas pero en general se aprecia mucho cuidado. Y justamente al no haber muchas esculturas ni mausoleos (sólo en alguna parte se acumulan, las diferencias de clase siempre terminan notándose), es fácil apreciar el cementerio en vistas generales, no es laberíntico como el de Recoleta y es de una estatura menor, digamos.

Otra cosa que me llamó la atención es que no es tan frío, y no sólo porque hay más verde que cemento, sino porque en serio noté mayor cantidad de flores (aunque muchas sean artificiales y por lo tanto eternas), y hasta algunas de las tumbas estaban pintadas con colores llamativos (había una lila con molinitos y un colibrí de plásticos que parecía un mini parque de diversiones), o junto a las flores agregaban stickers y hasta unas especie de tarjetas cubiertas de plástico (daba un look berretón, hay que decirlo) que descubrimos que vendían en al menos una de las dos florerías que estaban enfrente.

Debo confesar que una de las cosas que más me gustó de la visita es que estábamos prácticamente solos. No sólo tiene que ver con mi alma tan poco sociable, sino que en serio en esos lugares disfruto de pasear y sacar fotos y a veces temo que uno lo tome un poco como una falta de respeto, sobre todo porque éste no es turístico como el de Recoleta, se percibe más íntimo siempre. Y no todos tienen la misma relación con estos lugares.

Bueno, resulta que el día que casi me quedo encerrada en el de Recoleta, claramente no fue adrede. Pero sí venía disfrutando de estar casi sola (yo creí que el fío era el culpable, no el hecho de que ya cerraba o cerró), de caminar hasta perderme (me tuvieron que guiar hasta la salida cuando me encontraron).

Cuando camino por estos lugares no puedo evitar pensar en la cantidad de historias que esconde. Desde la despedida que una madre e hija le hacen a quien murió a los catorce años, hasta aquella al “último fan de Arjona”.

En cuanto a historia, encontramos la tumba de Juan Moreira. Cuando salimos a comer, investigué un poco más online y leí que su cráneo no estaba con el resto de sus restos, valga la redundancia, sino en el Museo de Perón, nuestra próxima visita. No obstante, cuando terminamos el breve recorrido, nos dimos cuenta de que no vimos ninguna referencia a él. Mi novio es más extrovertido que yo y preguntó al respecto, y gracias a esa actitud que yo no hubiese tenido nunca (que puede ser muy normal para el resto de los seres humanos), nos contó el señor que nos guió que mucha gente no quería nada expuesto referido al gaucho, pero que lo tenía, sí, en la oficina de la dirección, y nos invitó a pasar a verlo.

Volviendo al cementerio, sólo puedo pensar en que lo más interesante que encontré en Lobos no aparece en ningún sitio de turismo ni atracciones ni nada por el estilo. Si no agregaba la palabra “cementerio” al buscador, no me enteraba de que existía.

* Fotos mías, @enjoyjessica

Una de terror, real

* Esto lo escribí hace unos días, más precisamente el jueves, día después a lo referido en el texto.

Me late el corazón rápido. Me transpiran las manos. La luz blanca me enceguece. Me descompone el olor, esa mezcla a desinfectante y látex. Pero acá estoy. Tenía que venir. Lo empujé muchos años. Existen las personas que le tienen miedo al dentista… y yo.

Por suerte, él es una persona amable. Igual no le creo. Alguien a quien le guste esta profesión no puede ser otra cosa más que un sádico. Quizás es un psicópata, por eso actúa tan bien.

Me siento. Quisiera poder cerrar los ojos pero no puedo. Tengo que ver. Él me abre la boca mientras escucho a la ayudante traer cosas metálicas, no la veo pero escucho el choque entre ellas.

“Esto puede que lo sientas un poquito”. Ok, quiere decir que va a doler. Me sorprendo porque no es así. Es un pinchazo, dos, tres. Nunca me dieron miedo las agujas. Son los instrumentos más gruesos los que no me gustan. Y la mitad de la boca se me duerme. Se me pide que abra más la boca pero apenas la siento.

Así empieza. Algo que termina durante unas dos horas. Cuando se suponía que iba a ser algo rápido.

Mi mirada está fija en la luz blanca del techo. Veo parte de la cara del dentista y la de su ayudante. Ella es más bruta. En algún momento, para abrirme bien la boca, me apoya parte de su mano en mi nariz, casi en mis ojos, que por precaución cierro.

Pasan varios instrumentos por la mano del doctor y por lo tanto por mi boca. Cambian de posición, intentan  por acá, por allá. Que con la pinza, que haciendo palanca. Que cortando un poquito. Incluso un torno pasa por allí, no me puedo imaginar ni quiero saber para qué. Apenas siento algo, él se da cuenta y vuelve a pinchar y a eliminar toda sensación (si tan sólo pudiera dejar de ver).

Ojalá existiera anestesia para cada momento de la vida que uno no quiere sentir o que le duela…

Ya estoy cansada. Fastidiosa. No quiero más. Siento ganas de llorar de la impotencia cuando me dice que no hay caso, que la va a dejar preparada para que salga un poco más, y que me va a sacar la otra, la de arriba.

Mi boca abierta a su disposición. Su mano entra, sale, se mueve. Todo esto podría haber resultado muy erótico, en otra situación, en otro lugar, con otra persona. Pero no, aunque no me haya dolido nada aún, para mí esto es de terror.

La muela de arriba sale de manera inmediata, sin dudar, lo que me da más bronca. Era la de abajo la que dolía y me hizo a regañadientes venir a ver al querido dentista. Pero ella no quiso soltarme, se aferró a mí y acá estoy, aún con ella bajo unos puntos esperando hasta la semana que viene para saber cuánto tiempo más va a ser así.

El doctor halaga mi buen comportamiento y sí, carácter sumiso y paciencia siempre tengo de sobra. Por culpa de mi madre, que no aceptó no acompañarme y tras preguntar desde afuera varias veces por mí, es que el doctor la hace entrar y nos explica cómo tengo que seguir. Me trata un poco como a una niña por su culpa, me llama “campeona”. “Por favor que no me pregunte la edad para completar la ficha”, pienso. 28 años, por suerte aparento menos.

Salgo frustrada y un poco enojada. Me quería sacar este peso de encima, esta muela inútil que no sirve para nada más que molestarme.

Me consuelo pensando en el helado que voy a comer. Siempre digo que podría vivir a helado, aunque no me lleno fácilmente con él y necesitaría kilos y kilos.

La semana que viene volveré y quizás tenga otra historia para contar.

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