El material del que están hecho los sueños

Me cuesta recordar sueños. Me cuesta que se queden conmigo, en cuestión de segundos suelen evaporarse. Pero a veces son tan intensos, tan raros, tan impactantes que, sabiendo que si no me esfuerzo corro peligro de ya no saber nada de ellos, intento retenerlos en mi mente. Y hay un punto en que ya no sé qué parte soñé y qué huecos llené con mi cabeza, con mi imaginación. Tengo una capacidad para recordar sueños probablemente peor que el resto de la gente, a tal punto de muchas veces tener la sensación de que no sueño, lo cual es imposible. Ojalá algunas cosas de mi cabeza podrían irse con la liviandad con la que se van esas imágenes oníricas…

Anoche me desperté a las tres y media de la mañana muy angustiada. Las imágenes en mi cabeza eran muchas pero mayor era la cantidad de sensaciones, poco agradables todas. Me desperté y comencé a llorar, porque sí.

Intenté reconstruir mentalmente lo que había pasado por mi cabeza. No había sido agradable pero necesitaba conocerlo, aunque sea por partes. Tomé mi celular y en las notas escribí todo lo que me acordaba de ese sueño. O de esos sueños. Y creo que lo que más recordaba era justamente sensaciones.

Estar en un lugar con gente con la que no conectaba. Que me contaran un chiste y no me riera. Que nada me provocara nada, en realidad. Era como un fantasma. Mi novio estaba conmigo y conocidos suyos, y todos como que me hacían el favor de hablarme. Pero a mí nada me interesaba.

De repente, uno de ellos me muestra una colección de cuadernos diminutos, diminutos en serio, donde en cada hoja apenas podías escribir una letra. Me parecían tiernos y curiosos, pero nada más. Estaba atontada, no lo sé.

En algún momento, este conocido o algo de mi novio, una persona a la cual en la vida real probablemente nunca haya visto, me lleva en auto a algún lugar. No sé por qué, nunca se entenderá la lógica de los sueños, voy con él, pero en el asiento de atrás. Es como que nada me importaba, todo me daba igual, yo simplemente existía. No sé bien qué cosas soñé qué hacía o decía, pero sí recuerdo esa sensación de nada, de vacío.

Cuando el auto se detiene en un semáforo, unas chicas, rubias, teñidas, las dos muy parecidas entre sí, se bajan de otro auto y se acercan a mí y golpean la ventanilla. No entiendo nada y no hago nada, pero ellas me dicen que me baje, que me tengo que bajar. Insisten y casi que me dan miedo. Ellas me dan miedo. Una la mira a la otra y le dice que ya está, que no pueden hacer nada más, y se van, decepcionadas parecen.

El auto arranca y de repente caemos a un océano, oscuro, el agua casi como si fuese una laguna, un pantano, mohosa. No siento el agua, no me mojo, pero sí de manera inmediata siento como que me ahogo. No puedo respirar, hablar, gritar, moverme, nada. Siento una desesperación terrible pero no puedo hacer nada, y quiero llorar.

Esa otra persona se acerca a mí y me acomoda, me recuesta. Es como si me estuviese haciendo un favor. Y por la cabeza se me empiezan a cruzar imágenes, muy de película, de mi novio en un futuro, siendo feliz, sonriendo, siendo exitoso.

De todas esas imágenes y sensaciones que recuerdo (¡cuántas habrá que no!), ésa es la conclusión a la que llegué. En mi sueño no estaba viviendo, era un ente, no podía hacerle bien a nadie, mucho menos a mí misma. Y al mismo tiempo no hacía nada, nunca iba a hacer nada por mí misma.

Creo que suena terrible, y no les cuento a las tres y media de la madrugada, y por eso entenderán que mi reacción al despertar fue la de ponerme a llorar.

Mejor no intento interpretarlo, demasiado con cómo lo sentí.

Balance 2016: películas

Publicado y escrito originalmente para Visión del Cine, les dejo mi listado de las que yo considero han sido las películas del año. El top 10 está compuesto por estrenos comerciales en Argentina, y el agregado de cinco películas, aquellas que han pasado por algún festival pero no lograron, aún (alguna no lo hará nunca) su estreno en circuitos comerciales. No hace falta decir que es todo muy subjetivo y, por otro lado, el orden es en gran parte un poco aleatorio; los primeros puestos son los más claros para mí. Los links que dejo son a críticas mías, que no todas tienen.

1. Zootopia

2. Carol

3. Nocturnal animals

4. Viaggio Sola

5. Julieta

6. Arrival

7. Rogue One

8. La larga noche de Francisco Sanctis

9. Before I wake

10. Anomalisa

(Hay varias que pertenecen al año pasado, como Carol, que incluso creo que acá la mencioné como LA película del año 2015 y por eso en el 2016, en que no pude volver a mencionarla, la relegué a un segundo puesto)

No estrenadas

1. La reconquista

2. Paterson

3. L’avenir

4. The lure

5. Sing street

Un año más y una muela menos

Cumplí 29 años este fin de semana. No vuelvo a cumplir más años hasta nuevo aviso. Me quedo en el título de “veinteañera” por propia elección. No me siento de 29, y nunca, ni dentro de varios años probablemente, me voy a sentir como una treintañera.

No pude festejar mi cumpleaños como correspondía porque me sacaron una muela. No me importó, mejor, tenía la excusa perfecta. Torta comí, a algunas personas vi, no necesitaba más que eso.

La maldita muela de juicio con la que hace años venía luchando (primero bancando el dolor en silencio, esperando aquellos tramos en que mágicamente dejara de molestar, y luego tras un par de intentos de extracciones vanos), ya no forma parte de mí. Me soltó. Me dejó ir. Costó, molestó, dolió pero se fue. Ojalá otros dolores, menos físicos, también fuesen así: uno anestesiara un poco y luego arrancara de una.

Supongo que se termina otro año y es una época que nunca me pega de la mejor manera.

Obsesionada con los cuadernos

“Keep a notebook. Travel with it, eat with it, sleep with it. Slap into it every stray though that flutters up into your brain. Cheap paper is less perishable than grey matter. And lead pencil markings endure longer than memory”.

Jack London.

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(en instagram soy CASI -alguien luego se apoderó de él un par de veces- la única persona que usa el hashtag #coleccióndecuadernos y allí podrán ver algunos a los que le he sacado fotos)

Soy adicta a comprar cuadernos. Es inevitable, ¿cómo no hacerlo si cada vez los hacen más bonitos? Después están otras cuestiones. La primera, ¿para qué lo uso? La segunda, también muy importante, ¿y si no le doy el uso que se merece? ¿Y si lo arruino? Tengo todavía muchos cuadernos preciosos que no he usado sólo porque me da pena hacerlo, lo cual si lo pienso es una estupidez, pero no puedo evitarlo. Quiero que sean eternamente bellos.

No sé cuántos cuadernos tengo. No sé cuántos tengo sin usar ni tampoco cuántos empecé (confieso que no terminé demasiados, por eso de constantemente empezar alguno otro), hace mucho que dejé de contarlos.

Actualmente, mis preferidos son:

-El de mi bullet journal. Ese de Brugges de Minnie Mouse que ven en la foto. Es hermoso.

-Mi diario personal. Un cuaderno-lata que dentro tiene hojas de todo tipo, rayadas, lisas, con puntos y hasta color madera. Ése es el que no dejo que nadie lo lea.

-Uno inclasificable, muy bonito y rayado, generalmente el que llevo conmigo si viajo a algún lado y tiene dibujos, reflexiones, frases, scrapbooking y lo que se me ocurra en el momento.

-Uno de Star Wars donde simplemente anoto todas las películas que veo a lo largo del año. Decidí de todos modos que el año que viene voy a hacer lo mismo pero agregando la fecha en que las veo, o quizás separando por mes -no sé, ya veré-.

-Uno pequeñito que va siempre conmigo en la cartera, también es íntimo -o sea no se lo mostraría a nadie-, y escribo todo lo que se me ocurre que quiero pero no tengo el cuaderno correspondiente a mano, así que luego transcribo.

-Un anotador de mano donde escribo frases o reflexiones que se me ocurren sobre las películas que veo y sobre las cuales luego tengo que escribir.

Obvio que tengo más en uso, como uno con frases de libros que transcribo, o dibujitos varios, o ideas para mi blog o lo que fuera. Pero los mencionados son los que suelo tener más a mano -en mi mesita de luz, una mesita de luz que rebasa de cosas, tengo que confesar-.

Para mí nunca habrá como escribir a mano, es algo que me encanta y me produce mucho placer. Escribir con una linda lapicera, que se deslice bien, que tenga un lindo color. En mi día a día uso las Uniball y en mi bullet journal las Staedtler, no las cambio por nada.

Cuando era más chica y mi madre me llevaba  a hacer las compras a principio del año escolar siempre volvía un poco decepcionada de no poder llevarme todo. Ahora que crecí y que yo manejo mi propio dinero, decidí que no tengo por qué no comprarme algo sólo por el hecho de que, es verdad, puede que no lo necesite. A la larga, lo considero pequeños gustos, de esos inofensivos. Así, acumulo cuadernos y útiles escolares, so what?

Paseando por el cementerio

No sé por qué sólo hasta que leí “Alguien camina sobre tu tumba” de Mariana Enriquez no se me había ocurrido la idea de ir a visitar cementerios. O sea, cuando viajaba a algún lado, sin necesidad de que fuera muy lejos incluso.

No conozco muchos cementerios, pero por ejemplo me fascina (y no entendería a alguien que no, con lo bello que es) el Cementerio de la Recoleta, tanto que la última vez casi me dejan adentro, pero me reservo esa anécdota por vergüenza (dejaría en evidencia mi ignorancia ante 1: el aviso de cierre y 2: el horario estipulado).

Cuando con mi novio surgió la idea de escaparnos el fin de semana y elegimos como destino la ciudad de Lobos, yo estaba bastante sumergida en el que fue el primer libro que leí de Enriquez. Entonces, a la hora de investigar qué podíamos hacer, busqué si había un cementerio. Y efectivamente lo hay.

Ubicado un poco lejos (quizás más de veinte cuadras) de donde nos hospedaríamos, me estudié el recorrido en el mapa, aunque no había podido averiguar su horario (y no sé si hay un horario “normal” de cementerios y cuál sería éste). Por suerte, al llegar nos tranquilizamos al ver el cartel que indicaba su apertura de 10 a 18. Es que fuimos al mediodía, un sábado, y como Lobos es muy pueblo, muchos lugares cierran a la hora de la siesta (me perdí de comer algo aunque no de comprar en el Almacén de Ideas por ese mismo motivo por ejemplo).

El cementerio está ubicado casi en la entrada a la ciudad, sobre la ruta, y al lado de unas viejas vías de tren. Lo primero que se aprecia, ya desde lejos, son los nichos. Hay miles de ellos, incluso un primer piso al cual nosotros subimos para apreciar el cementerio desde una altura un poco mayor.

Contrario a lo que imaginábamos, el cementerio de Lobos no es ni pequeño ni tan modesto. Es cierto que no hay muchas esculturas pero en general se aprecia mucho cuidado. Y justamente al no haber muchas esculturas ni mausoleos (sólo en alguna parte se acumulan, las diferencias de clase siempre terminan notándose), es fácil apreciar el cementerio en vistas generales, no es laberíntico como el de Recoleta y es de una estatura menor, digamos.

Otra cosa que me llamó la atención es que no es tan frío, y no sólo porque hay más verde que cemento, sino porque en serio noté mayor cantidad de flores (aunque muchas sean artificiales y por lo tanto eternas), y hasta algunas de las tumbas estaban pintadas con colores llamativos (había una lila con molinitos y un colibrí de plásticos que parecía un mini parque de diversiones), o junto a las flores agregaban stickers y hasta unas especie de tarjetas cubiertas de plástico (daba un look berretón, hay que decirlo) que descubrimos que vendían en al menos una de las dos florerías que estaban enfrente.

Debo confesar que una de las cosas que más me gustó de la visita es que estábamos prácticamente solos. No sólo tiene que ver con mi alma tan poco sociable, sino que en serio en esos lugares disfruto de pasear y sacar fotos y a veces temo que uno lo tome un poco como una falta de respeto, sobre todo porque éste no es turístico como el de Recoleta, se percibe más íntimo siempre. Y no todos tienen la misma relación con estos lugares.

Bueno, resulta que el día que casi me quedo encerrada en el de Recoleta, claramente no fue adrede. Pero sí venía disfrutando de estar casi sola (yo creí que el fío era el culpable, no el hecho de que ya cerraba o cerró), de caminar hasta perderme (me tuvieron que guiar hasta la salida cuando me encontraron).

Cuando camino por estos lugares no puedo evitar pensar en la cantidad de historias que esconde. Desde la despedida que una madre e hija le hacen a quien murió a los catorce años, hasta aquella al “último fan de Arjona”.

En cuanto a historia, encontramos la tumba de Juan Moreira. Cuando salimos a comer, investigué un poco más online y leí que su cráneo no estaba con el resto de sus restos, valga la redundancia, sino en el Museo de Perón, nuestra próxima visita. No obstante, cuando terminamos el breve recorrido, nos dimos cuenta de que no vimos ninguna referencia a él. Mi novio es más extrovertido que yo y preguntó al respecto, y gracias a esa actitud que yo no hubiese tenido nunca (que puede ser muy normal para el resto de los seres humanos), nos contó el señor que nos guió que mucha gente no quería nada expuesto referido al gaucho, pero que lo tenía, sí, en la oficina de la dirección, y nos invitó a pasar a verlo.

Volviendo al cementerio, sólo puedo pensar en que lo más interesante que encontré en Lobos no aparece en ningún sitio de turismo ni atracciones ni nada por el estilo. Si no agregaba la palabra “cementerio” al buscador, no me enteraba de que existía.

* Fotos mías, @enjoyjessica

Una de terror, real

* Esto lo escribí hace unos días, más precisamente el jueves, día después a lo referido en el texto.

Me late el corazón rápido. Me transpiran las manos. La luz blanca me enceguece. Me descompone el olor, esa mezcla a desinfectante y látex. Pero acá estoy. Tenía que venir. Lo empujé muchos años. Existen las personas que le tienen miedo al dentista… y yo.

Por suerte, él es una persona amable. Igual no le creo. Alguien a quien le guste esta profesión no puede ser otra cosa más que un sádico. Quizás es un psicópata, por eso actúa tan bien.

Me siento. Quisiera poder cerrar los ojos pero no puedo. Tengo que ver. Él me abre la boca mientras escucho a la ayudante traer cosas metálicas, no la veo pero escucho el choque entre ellas.

“Esto puede que lo sientas un poquito”. Ok, quiere decir que va a doler. Me sorprendo porque no es así. Es un pinchazo, dos, tres. Nunca me dieron miedo las agujas. Son los instrumentos más gruesos los que no me gustan. Y la mitad de la boca se me duerme. Se me pide que abra más la boca pero apenas la siento.

Así empieza. Algo que termina durante unas dos horas. Cuando se suponía que iba a ser algo rápido.

Mi mirada está fija en la luz blanca del techo. Veo parte de la cara del dentista y la de su ayudante. Ella es más bruta. En algún momento, para abrirme bien la boca, me apoya parte de su mano en mi nariz, casi en mis ojos, que por precaución cierro.

Pasan varios instrumentos por la mano del doctor y por lo tanto por mi boca. Cambian de posición, intentan  por acá, por allá. Que con la pinza, que haciendo palanca. Que cortando un poquito. Incluso un torno pasa por allí, no me puedo imaginar ni quiero saber para qué. Apenas siento algo, él se da cuenta y vuelve a pinchar y a eliminar toda sensación (si tan sólo pudiera dejar de ver).

Ojalá existiera anestesia para cada momento de la vida que uno no quiere sentir o que le duela…

Ya estoy cansada. Fastidiosa. No quiero más. Siento ganas de llorar de la impotencia cuando me dice que no hay caso, que la va a dejar preparada para que salga un poco más, y que me va a sacar la otra, la de arriba.

Mi boca abierta a su disposición. Su mano entra, sale, se mueve. Todo esto podría haber resultado muy erótico, en otra situación, en otro lugar, con otra persona. Pero no, aunque no me haya dolido nada aún, para mí esto es de terror.

La muela de arriba sale de manera inmediata, sin dudar, lo que me da más bronca. Era la de abajo la que dolía y me hizo a regañadientes venir a ver al querido dentista. Pero ella no quiso soltarme, se aferró a mí y acá estoy, aún con ella bajo unos puntos esperando hasta la semana que viene para saber cuánto tiempo más va a ser así.

El doctor halaga mi buen comportamiento y sí, carácter sumiso y paciencia siempre tengo de sobra. Por culpa de mi madre, que no aceptó no acompañarme y tras preguntar desde afuera varias veces por mí, es que el doctor la hace entrar y nos explica cómo tengo que seguir. Me trata un poco como a una niña por su culpa, me llama “campeona”. “Por favor que no me pregunte la edad para completar la ficha”, pienso. 28 años, por suerte aparento menos.

Salgo frustrada y un poco enojada. Me quería sacar este peso de encima, esta muela inútil que no sirve para nada más que molestarme.

Me consuelo pensando en el helado que voy a comer. Siempre digo que podría vivir a helado, aunque no me lleno fácilmente con él y necesitaría kilos y kilos.

La semana que viene volveré y quizás tenga otra historia para contar.

Lo nuevo de tres directores de cine de terror que me gustan

No es ninguna novedad que me gusta, y mucho, el cine de terror. Incluso siempre que me preguntan cuál es mi género favorito, elijo ése. Aunque mis películas preferidas no suelan pertenecer a tal.

Esta semana que pasó, vi tres películas a las cuales les tenía muchas ganas, por los nombres que cada una traía con ellas.

Blair Witch. Confieso que, quizás porque no la vi cuando recién salió, sino un par de años después, o quizás porque la considero culpable de la cantidad de películas de mediocres para abajo que usan y abusan del found footage, o quizás porque simplemente no era para tanto, es que la original nunca me gustó demasiado. Tengo muchos problemas con los found footages, siempre las veo las que son de terror pero en general las termino odiando. Me molesta su camarita inquieta (siento que es más inquieta de lo que sería si uno realmente protagonizara la película), su inconsistencia muchas veces desde el punto de vista subjetivo que mantiene, y no me creo que en momentos como en los que uno corre por su vida pueda acordarse de seguir filmando y enfocando. Bueno, confieso también que amo a Adam Wingard, que cuando vi You’re next me compró de manera inmediata y ni hablar con la inédita The Guest. Sus cortos en VHS y The ABCs of Death también me parece que son mejores que el resto. Y cuando me enteré que su próxima película The Woods sería en realidad una secuela de The Blair Witch Projects, le puse fichitas. Sobre todo porque además está escrita por su frecuente colaborador guionista Simon Barrett.

Entonces se estrenó y la fui a ver. Y si bien creo que tiene cosas interesantes (la cámara no es tan nerviosa, y todos sus gadgets me permitió distenderme un poco, sólo un poco, de las posibles inconsistencias que siempre busco -¿quién estaría filmando esta parte? ¿no se debería ver su pelo? ¿esa especie de distorsión de sonido no fue más bien algo que sintió el personaje y que la cámara no tendría cómo reflejar de ese modo?-), a la larga las termina desaprovechando. Y el guión, el bendito esqueleto de la película, es la principal causa de que al final, no hay caso, la película no funcione. Una pena, no bajo los brazos ante Adam Wingard pero sin dudas me parece un traspié y me da lástima incluso porque pensé que iba a ser su gran momento.

31. Entre mi cataratas de confesiones totalmente subjetivas y personales no puedo evitar la siguiente: amo a Rob Zombie. Me gustan sus películas (me debo de él sólo la animada), me encanta su mujer, los actores que suele elegir para acompañarla (Me enamoré de Bill Moseley por culpa especialmente de The Devil’s Rejects, por ejemplo), la estética setentosa, la banda sonora. Amo su cine, es así. Y si bien The Lords of Salem no logró gustarme lo mucho que esperaba que me sucediera, con 31 quedé encantada. Es cierto que a nivel guión, falta mucha profundidad en personajes, motivaciones y situaciones varias, pero cumple aunque sea a rajatablas. Y a nivel audiovisual, desborda, es Zombie en su máxima potencia. Lo gore con lo  estético se conjugan de una manera para mí sumamente atractiva. Los villanos ya me resultan icónicos (Doom-Head es increíble, pero hasta me quedé con ganas de más Sex-Head), y el final, implícito, también me gustó. La presencia femenina del film (Sheri Moon, Meg Foster, Elizabeth Daily) es de lo mejor junto al Doom-Head de Richard Drake.

No llega a ser el mejor Rob Zombie, como sucede en aquella película que además de todo esto (villanos, sangre, bizarreadas varias, Lynyrd Skynyrd…) tenía mucho corazón (sí, corazón) como sucede con la brillante The Devil’s Rejects, pero para mí cumplió con cada una de mis expectativas.

Hush. A Mike Flanagan lo descubrí de casualidad. Cuando había empezado a escribir sobre cine hacía no mucho, fui como prensa a la avant premiere de una película de terror muy chiquita llamada Absentia. Fue la primera película que vi en el cine, como dato de color, con quien hoy es mi novio. Y a ambos nos había gustado. Es de bajísimo presupuesto pero tiene una buena idea y un buen desarrollo de tal. Cuando se estrenó Oculus, confirmé que a este director había que seguirlo. Y cuando vi Before I wake (que todavía no pudo estrenar en los Estados Unidos), salí fascinada, eso que no es para nada una película de terror (bueno, empieza como tal pero lo cierto es que es inclasificable).

Flanagan es ante todo un gran constructor de climas. Pero no es ahí en donde se queda cada una de sus películas, sino que siempre tienen una historia interesante para contar. Gracias a Netflix vi Hush, película que coescribió junto a su mujer y protagonista del film, Kate Siegel.

Según la trivia de imdb (soy adicta a leerlas), ambos escribieron el film al mismo tiempo que la actuaban, para que el film pudiera desarrollarse del modo más verosímil. No me puedo imaginar nada más divertido que escribir una película, de terror, junto a tu marido Mike Flanagan, de este modo. Por cierto, ella está maravillosa en el no fácil papel de una mujer sorda que un día es acechada, sin razón aparente (a mí me rememoró a The Strangers, “because you were home”), por un joven que quiere asesinarla, un joven que creyó que iba a ser un target fácil y se encuentra con una mujer que no se define por su discapacidad, y que es una luchadora (no puedo evitar ahora acordarme de otra película que vi el fin de semana, “The shallows” y lo obvio y pobre que está desarrollado allí este concepto, con lo que el padre le dice al principio sobre cómo su madre era una luchadora… pero me voy por las ramas).

Siento que el cine de Flanagan sigue madurando pero de la manera más impredecible (Before I wake es particularmente el ejemplo más claro de esto), y eso me hace sin dudas querer seguir viendo cosas suyas. Bueno, su próxima película es la secuela de una de terror malísima, obvia y totalmente olvidable: Ouija. No obstante, creo que desde el trailer de esta nueva entrega uno puede crearse lindas expectativas.

Oda al sofá

En el centro del departamento se rige él, eterno compañero, especialmente de tardes y noches frías. Enorme, negro, poderoso. Cubierto, por la frazada que una abuela tejió y muchos colores. Bajo la cual yacen sus cicatrices y marcas de guerra: rasguños, alguna tajada, marcas varias, producto de lo mucho que vivió y sobrevivió, en la casa de algún amigo o ahora en la mía.

Es el apoya cosas. Es llegar a casa y arrojarle la cartera y la campera. Si no encuentro mi celular es probable que esté hundido entre sus almohadas.

Es sofá y cama. Cama muchas veces sin necesidad de desplegarlo antes, cuando me quedo dormida y hago una siesta improvisada o es de noche, tarde y me da fiaca caminar hacia la cama.

Es mi asiento para comer, aunque la mesa ratona resulte bajita y termine improvisando una bandeja con alguna almohada. El lugar donde leo mientras suena algún disco de fondo. Nuestra butaca de cine favorita, ya que hemos visto incontable cantidad de películas sobre él.

Detrás suyo se esconde mucho más que la ventana. Cajas de cómics viejos de los que en algún momento nos vamos a deshacer. El paraguas (siempre seco) colgando del caño. La aspiradora. Una bicicleta fija que uso cuando se me antoja.

Es una casa dentro de otra casa. Sofá, cama, refugio. Un habitante más.

Experimentando

Quiero escribir sobre “The Girlfriend Experience” pero no sé cómo abordarla. Eso pensaba hoy. Y es así. Pero de todos modos, al escribirla acá, en mi blog, para mí y quienes quieran leerme, no es necesario, supongo, que sea de un modo ni formal ni adecuado. Se supone que es como yo quiera, personal, es mi fiesta y voy a llorar si quiero hacerlo.

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Lo cierto es que esta serie me resultó, justamente, toda una experiencia. Me la vi toda en un solo día y no soy de las personas que se ven una serie en un día (quizás en un fin de semana pero sólo lo he hecho, creo, con dos: Girls y Orange is the new black; creo que me interesan las series sobre mujeres principalmente). Es cierto que es corta, trece capítulos de menos de media hora. Pero también es cierto que es una serie que se toma sus tiempos, que cada capítulo no tiene necesariamente un eje principal, una acción o hecho importante, y muchas veces incluso el final de cada uno se siente abrupto, azaroso. Hoy leí que Soderbergh sugiere ver esta serie como si en realidad fuese una película muy larga, de unas seis horas aproximadamente. Y puede ser que así funcione porque así me funcionó a mí.

Christine, el personaje en cuestión, es calculadora y fría. La serie es fría también, los colores siempre son fríos, no hay nada de calor, planos muy calculados, muchas veces desde afuera, a través de ventanas o vidrios. Hay distancia, la misma que la propia Christine genera con cada una de las personas que la rodean. Juega a que uno crea conocerla pero ella sabe que en realidad nadie sabe todo de ella, quizás ni ella misma.

El último capítulo es el más extraño. El penúltimo funciona a simple vista mejor como cierre de temporada. Sin embargo, hay todavía más por ver ahí. A una Christine metida más y mejor que nunca en el mundo de las escorts, un mundo que en realidad entendió desde un principio. Recuerdo que el Joker de Heath Ledger decía “Si eres bueno en algo, nunca lo hagas gratis”, y esto parecería aplicarse a ella. El sexo es más bien algo que tiene de manera compulsiva, es otro de los mundos en donde quiere tener el control. Y en el último capítulo, que gira en torno a, digámoslo del modo más bruto, “un turno más”, a ella se la ve desenvolverse con total experiencia, aún ante situaciones que para muchos nos resultaría absurdas.

El mundo de la prostitución, de las escorts de lujo en este caso, fue tratado muchas veces en el cine. Incluso la serie tiene su origen en la película homónima de Soderbergh protagonizada por la increíble Sasha Grey (la quiero mucho). Pero creo que esta serie logra, más allá de su tono tan frío, retratarlo fuera de los juicios morales más básicos que podrían girar en torno al tema. “Porque me gusta”, contesta de la manera más directa y brutalmente honesta que encuentra la protagonista a su hermana sobre el tema. ¿Y qué si es así?

Mandarinas

Pensar en cítricos, especialmente en las mandarinas, me rememora inmediatamente a mi infancia. A cuando yo tenía cuatro años y mi madre estaba embarazada de mi hermana menor, el único de sus embarazos que puedo recordar (mi otra hermana nació casi inmediatamente después que yo). Recuerdo que vivíamos (alquilábamos) en una casa de San Martín, con patio y dos árboles: uno de limones y uno de mandarinas.

Puedo recordar también momentos como cuando nos subíamos a un poste que había y le tirábamos, con mi hermana un año menor que yo, piedras al gato del vecino. Recuerdo incluso que teníamos un gato, uno negro, uno que en realidad un día vino a casa y se quedó allí, uno que mis padres no planeaban tener. Y recuerdo que un día simplemente desapareció y no supimos más de él. No sé si mis padres habrán sabido y no nos quisieron contar o si realmente un día se fue, a la larga era un gato callejero.

Pienso en mi mamá embarazada y no tengo forma de recordar pero sí me han contado que siempre sintió antojos por lo cítrico. Y que, cuando por algún motivo el doctor se lo prohibió o se lo desaconsejó, nunca sé ni entendí (no entiendo qué tiene de malo comer cítricos pero tampoco sé qué es estar embarazada), mi padrino, que ayudó y estuvo mucho en nuestros años más tempranos, el hombre más bueno que hay sobre la Tierra, le traía a escondidas bolsas de naranjas.

Pero lo que sí recuerdo por mí misma, aunque vaya uno a saber cuánto se puede haber deformado ese recuerdo con los años, es cuando estábamos en esa casa de San Martín y mi madre estaba enorme a causa de su tercer embarazo, y no podía parar de comer. Y una de las cosas que más disfrutaba, era de las mandarinas. Lo que recuerdo es que se comía tantas que no le daba tiempo al árbol para que diera nuevas frutas, o al menos para que éstas maduraran. Me acuerdo que ella me convidaba, porque a mí también siempre me gustaron los cítricos, y me acuerdo que se comía muchas verdes. Literalmente, estaban verdes. Pero eran ricas igual, porque yo las comía con ella y no recuerdo que me disgustaran. Hoy pienso y supongo que eran más ácidas, pero eso no lo recuerdo.

El otro día pasé con el colectivo, como paso siempre, por las mismas calles cerca de casa. Como paso siempre por los mismos lugares, a veces dejo de mirar porque simplemente doy cosas, lugares, paisajes, por sentado. Estaba por bajarme y veo fugazmente un árbol con mandarinas. Lo vi tan rápido que hasta un poco dudé de mi vista.

Hoy, que no tuve que ir a trabajar, salí a comer, sola, por el barrio, a un lugar que siempre quise visitar, de tanto pasar frente a él con el mismo colectivo, pero no lo había hecho aún. Al volver, recordé ese árbol y lo busqué. Estaba segura de que estaba en cierta esquina y cuando llegué allí y no lo vi, dudé una vez más de mí misma. Había otros árboles, más aburridos, sin frutas, sin otro color que no sea el verde. Pero seguí caminando y a la esquina siguiente lo encontré. Estaba ahí. No pude porque estaba muy alto pero no hubiese agarrado seguramente uno de sus frutos. Sólo le saqué una foto, desde abajo porque soy chiquita y así sentí que me envolvía. Esta foto:

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Sobre motivación, liderazgo y regeneración

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Juana, Julie & Julia

VIAJES AL FONDO DEL ALSA

“Quizás viajar no sea suficiente para prevenir la intolerancia, pero si logra demostrarnos que todas las personas lloran, ríen, comen, se preocupan y mueren, puede entonces introducir la idea de que si tratamos de entendernos los unos a los otros, quizás hasta nos hagamos amigos” – Maya Angelou

Inhalando líneas

"Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual —yo no tengo placeres, sólo tengo hambre y sed— ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho."

El mundo de Juana

Escritura sanadora

Sexticles (+18)

Short sex stories for adults. Breves relatos eróticos para adultos.

Pinta y Troquela

Pinta y troquela es mi blog, en el que ire colgando algunos de mis trabajos de scrap.

ZONNE

Stay sunny, stay zonne.

Chica Latinoamericana

crónicas de una vida nómada

Encuentratuvoz

"La mujer que lee, almacena su belleza para la vejez''.

lados b y rarezas

este blog no va a cambiar el mundo, pero me servirá para escribir sobre música.

No me Olvidé de Vos

Cartas entre personas que todavía creen en las cartas.

El segundo estante a la derecha

Blog literario donde comentar y compartir lecturas de diferentes temáticas