Anatomía musical de una película perfecta

Desde que vi Mommy por primera vez, hace poco más de dos años en el Festival de Cine de Mar del Plata, que no me la pude sacar de la cabeza. La vi algunas veces más (incluso cuando la estrenaron como medio año después de que la hubiese visto) y lo cierto es que sigue estando muy presente. No exagero cuando digo que para mí es una de las mejores películas que ha dado el cine en los últimos años, ¿décadas? Tal vez.

Cuando fui a verla, no tenía mucha idea de nada. Apenas conocía a su joven director, pues no había logrado fascinarme demasiado con Les Amours Imaginaires como una amiga mía y varios conocidos más, pero sí me había gustado mucho Tom a la Ferme, con ese clima asfixiante y perturbador que por momentos parecía casi una película de terror. Laurence Anyways la vería luego y confieso que todavía no me acuerdo nada de J’ai tué ma mère, aunque sé que la vi en algún momento por Isat. Y después de Mommy, ver Juste la fin du monde fue un poquito decepcionante. Confieso que no me gustó demasiado su última película más allá de algunos momentos buenos, en general explota a niveles ya innecesarios los rasgos de su cine.

Una de las muchas cosas increíbles que le encuentro a Mommy es el uso de la música. No porque utiliza lindas canciones y de un modo bonito. No sólo por eso, al menos. Sino porque agarra temas conocidos hasta el hartazgo en su mayoría, temas que cada uno ya debe asociar con sus determinados momentos de la vida, y le da una vida nueva. Incluso algunas de las canciones tienen en su letra una literalidad que bien podrían haber convertido a este film en algo obvio y aburrido. Y no sucede. Cada canción, aunque la hayas escuchado mil veces, luego no podés evitar asociarla a Mommy.

Si bien el soundtrack tiene varias canciones más, me voy a centrar sólo en cinco. Y en cada una de sus escenas.

White Flag, de Dido.

Sé que no debería amarte aún, o al menos decirlo, pero si no lo dijera seguiría sintiéndolo, así que qué sentido tiene. Juro que no estoy queriendo complicar más tu vida ni regresar a dónde estábamos. (…) No habrá bandera blanca en mi puerta. Estoy enamorada y siempre lo estaré.

“Amar no salva a las personas”, le dicen a esa madre que va a buscar a su hijo para intentar otra vez esa relación madre-hijo cuya enfermedad de él se lo hace tan difícil. En ese mundo en el que transcurre Mommy (apenas diferente del nuestro), ella podría abandonarlo y que el estado se hiciera cargo. Pero no quiere, no se va a rendir tan fácil.

Sé que dejé mucho desorden y destrucción como para regresar. Y que no causó más que problemas. Entiendo si no podés volver a hablarme. Y si vivís con las reglas de “se terminó”, estoy segura de que aquello tiene mucho sentido.

Entre esta madre e hijo hay una relación de amor recíproca, pero muy intensa, casi tóxica. “A lo mejor un día ya no me ames”, le va a decir él más adelante, “es así, sucede”.

Y cuando nos encontremos, que se que va a pasar, todo lo que estaba ahí seguirá estando. Lo dejaré pasar, me morderé la lengua, y vos vas a pensar que lo superé…

Como si hubiese amores que pudieran superarse… “Una madre no se despierta una mañana no queriendo más a su hijo. ¿Entendés? Lo único que va a pasar es que te ame más y más. Y vos seas quien me ame cada vez menos”, es la respuesta de su madre.

Acá, la canción de Dido, que suena de principio a final, sirve principalmente como marco de la larga secuencia que lo trae de vuelta al mundo exterior a su protagonista, junto a esa madre que lo quiere de manera incansable. Y además presenta ya algunos de los problemas y personajes que se tornarán importante a lo largo del asfixiante relato. Esa pantalla cuadrada se quedará así casi todo el tiempo, y ya nos empezamos a acostumbrar, a convivir con esa idea de que no la vamos a pasar bien.

On ne change pas, de Celine Dion

No sé nada de francés (y la idea de usar un traductor robotizado de Google no me atrae demasiado), pero no creo que sea necesario en esta escena. Acá, tenemos a ese tercer personaje, la vecina, la amiga, la maestra, que también lleva una vida difícil que le pesa, aunque no hable de eso. No habla demasiado no sólo por el impedimento que tiene, porque se traba y tartamudea, sino porque parecería abrir la boca sólo para decir cosas importantes.

Si bien es Steve el que entra en escena cantando y bailando esta canción, de a poco las contagia y Kyla comienza a bailar y a cantar, primero de manera más tímida hasta dejarse llevar por la canción y disfrutarla como corresponde que se disfrute la música, cantando y bailando con los ojos cerrados. Es una escena que podría querer hacerte creer que no todo está perdido y que se es posible sobrevivir. No, deberían ser advertidos: Mommy es tan hermosa como dolorosa.

Wonderland, de Oasis

Quizás vos vas a ser quien me salve.

Los Beatles nos quisieron hacer creer que todo lo que necesitábamos era amor. Pero el amor no salva, nos dicen al principio de la película. Y si bien seguramente no necesitamos a Dolan que nos lo haga saber, nunca está mal un cachetazo que te lo recuerde.

No creo que nadie se sienta como me siento yo con vos, ahora.

Cuando suena Oasis, es porque creemos, nos comimos la ilusión, de que Steve puede salvarse. De que incluso para alguien tan problemático como él hay una salida. La pantalla se abre, respiramos con mayor facilidad. Nos sentimos libres. Pero no nos dura mucho tiempo ese aire, porque no deja de ser más que una ilusión todo eso. Algo pasajero.

Vivo per lei, de Andrea Bocelli

Steve se pone frente a la gente a cantarle ese amor inmenso e irracional que siente por su madre, pero sólo encuentra burlas. Contiene la respiración y se las banca, lo que no se banca es ese ambiente degenerado (así lo siente), en el que su madre también se encuentra metida, y explota, del único modo que sabe explotar, a través de la violencia.

Born to die, de Lana del Rey

Pies, no me fallen ahora. Llévenme hasta la línea de llegada. Mi corazón se rompe a cada paso que doy pero espero que las puertas me digan que eres mío.

Para Steve no hay otra salida, no hay otro final posible. El final con el que fantasea su madre es irreal, un sueño que nunca podrá hacerse realidad.

A veces el amor no es suficiente y el camino se torna difícil, no sé por qué.

Otra vez, por si no nos quedó claro: el amor por sí solo no salva.

Mommy es así, una película amarga, triste, pero al mismo tiempo tan hermosa que se nos es imposible no creerle. Por eso ningún final podría haber sido más acertado que aquel en el que Steve corre hacia su destino final, el único posible para él, mientras Lana canta sobre el suicido.

Mis películas favoritas siempre terminan siendo así, devastadoras pero llenas de belleza. Mommy la pienso y la sigo pensando y sólo logra que cada vez me guste más y más, y al mismo tiempo la sufra más y más. Se me ponga la piel de gallina o los ojos llorosos cada vez que escucho algunas de estas (o el resto de las canciones que suenan en la película) canciones. Ese tipo de experiencias me gusta que me brinde el cine, que me den vuelta, que se me metan dentro y revuelvan todo, visceral. Y éste es uno de los ejemplos más claros que encontré en mucho tiempo.

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