Extracto de mi diario personal

Me acordé cuando llegué a San Clemente del Tuyú en una excursión de un día a Mundo Marino en cuarto grado. Que hicimos una parada en la playa. Hacía frío y la idea era sólo contemplar el mar unos minutos.

Yo ya conocía el mar, el de Mar del Plata, que a la larga es el mismo.

Recuerdo que dejé salir un pensamiento interior y exclamé lo impresionante que me parecía no poder ver qué había más allá del agua.

“Es que la Tierra es redonda”, me contestó una chica de séptimo, con aire superior. No sé qué le contesté, no sé si le dije algo. Quizás no, y pensó que era una tonta.

No me importó. No me importa. Ella no entendió nada.

La idea de que el mar traspasara los límites del horizonte me pareció increíble y aterradora. Yo era muy chiquita. Yo soy muy chiquita. Y el mundo es enorme.

Entrada de diario

Esa muerte artificial. Ese ensayo de la muerte. Me gusta cómo define Romina Paula en “Agosto”, mi actual lectura, esa instancia de todo supuesto final.

“La espera me agotó. No sé nada de vos. Dejaste tanto en mí”,
porque de repente no puedo evitar recordar esas palabras en boca de Cerati y su “Crimen”.

Siempre tuve/tengo problemas con los finales, con los de cualquier tipo. Por eso no soy quizás de las que se indignan cuando una película termina dejando que uno interprete qué pasa finalmente. ¿Muere? ¿Se quedan juntos? ¿Se va o se queda? Disfrutar del viaje, no quedarse sólo en el destino. “Lo importante no es llegar, lo importante es el camino”.

Es contradictorio tal vez, porque ese tipo de finales me gusta construirlos en mi cabeza, pero a la hora de escribir ficción (y tal vez por eso lo hago cada vez menos), no sé dar cierres. Aunque sepa qué quiero contar, tengo problemas con el cómo.

Pienso, entre tanto divague, que tal vez el final depende mucho más de ese cómo que del qué. ¿No duele mucho más un final abrupto y que uno/a no puede entender? ¿Que aquel que uno ve venir o venía presintiendo? ¿Y si todo estaba ahí pero nos negábamos a verlo y por eso lo sentimos igual de abrupto? ¿Qué es peor?

Pienso en películas, en personas, en situaciones. “Nunca pude olvidarme de alguien con quien haya estado. Porque cada uno tiene sus detalles específicos”, y se extiende un poco más de manera hermosa una Celine que acaba de escucharle decir a Jesse que el libro que escribió lo hizo con el fin de recordar que aquello que había pasado casi diez años atrás fue real, para no olvidar detalles, para sentir que de verdad estuvieron juntos aunque sólo haya sido una noche. Aunque todos sabemos que en realidad lo hizo para encontrarla, o al menos ése fue su motivo principal.

No sé por qué estoy escribiendo de esto. De dónde sale y hacia dónde va. Pero leía el libro de Romina Paula y no pude sacarme esa expresión de la cabeza. “Muerte artificial”. “Ensayo de la muerte”. Define así lo que pasa con un viejo amor que quedó en aquel pueblo al que regresa y a quien todavía no volvió a encontrarse, y de repente siente todos sus estantes moviéndose como si estuviera en medio de un terremoto. Y es curioso que sea muerte la palabra que elige cuando a quien escribe, o le habla, o se dirige, es justamente a su amiga muerta. ¿Toda muerte indica un final? Y ahora me acordé de El Señor de los Anillos y lo que Gandalf dice a Pippin cuando él comenta que no creía que todo terminaría así. “¿Terminar?”, responde Gandalf. “No, acá no se termina el viaje. La muerte es otro sendero, uno que todos recorreremos”.

Lo inevitable.

Dejar todo abierto, “por las dudas”. De que pasara algo más, de que se me ocurriera algo. Por eso no puedo terminar de escribir nada. Ni mi vida.

Nota final: así como soy horrible para los cierres, lo soy para los títulos y no sé qué título ponerle a este post. Quedará así.

Hace un año

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Hace un año me fui a dormir sintiéndome mal, nada grave, algo físico. Pero apenas pude dormir. Y me desperté una hora antes de que sonara mi alarma.
Me levanté, no me iba a poder volver a dormir en ese tiempo. En algún momento, decidí agarrar mi celular y entrar a twitter. Y así me encontré con la noticia, aquella que me haría sentir peor (lo físico nunca duele tanto como lo emocional). Bowie, el gran amor de mi vida, había dejado la Tierra.
Lloré un poco y me puse a escribir, en mi diario, como hago cada vez que me siento mal (si alguien leyera mi diario lo encontraría muy deprimente pero es porque no suelo escribir cuando estoy contenta). Recién cuando sonó la alarma y se despertó mi novio, le conté y me abrazó, sabiendo lo que Bowie siempre es y será para mí.

Hace un año.

El material del que están hecho los sueños

Me cuesta recordar sueños. Me cuesta que se queden conmigo, en cuestión de segundos suelen evaporarse. Pero a veces son tan intensos, tan raros, tan impactantes que, sabiendo que si no me esfuerzo corro peligro de ya no saber nada de ellos, intento retenerlos en mi mente. Y hay un punto en que ya no sé qué parte soñé y qué huecos llené con mi cabeza, con mi imaginación. Tengo una capacidad para recordar sueños probablemente peor que el resto de la gente, a tal punto de muchas veces tener la sensación de que no sueño, lo cual es imposible. Ojalá algunas cosas de mi cabeza podrían irse con la liviandad con la que se van esas imágenes oníricas…

Anoche me desperté a las tres y media de la mañana muy angustiada. Las imágenes en mi cabeza eran muchas pero mayor era la cantidad de sensaciones, poco agradables todas. Me desperté y comencé a llorar, porque sí.

Intenté reconstruir mentalmente lo que había pasado por mi cabeza. No había sido agradable pero necesitaba conocerlo, aunque sea por partes. Tomé mi celular y en las notas escribí todo lo que me acordaba de ese sueño. O de esos sueños. Y creo que lo que más recordaba era justamente sensaciones.

Estar en un lugar con gente con la que no conectaba. Que me contaran un chiste y no me riera. Que nada me provocara nada, en realidad. Era como un fantasma. Mi novio estaba conmigo y conocidos suyos, y todos como que me hacían el favor de hablarme. Pero a mí nada me interesaba.

De repente, uno de ellos me muestra una colección de cuadernos diminutos, diminutos en serio, donde en cada hoja apenas podías escribir una letra. Me parecían tiernos y curiosos, pero nada más. Estaba atontada, no lo sé.

En algún momento, este conocido o algo de mi novio, una persona a la cual en la vida real probablemente nunca haya visto, me lleva en auto a algún lugar. No sé por qué, nunca se entenderá la lógica de los sueños, voy con él, pero en el asiento de atrás. Es como que nada me importaba, todo me daba igual, yo simplemente existía. No sé bien qué cosas soñé qué hacía o decía, pero sí recuerdo esa sensación de nada, de vacío.

Cuando el auto se detiene en un semáforo, unas chicas, rubias, teñidas, las dos muy parecidas entre sí, se bajan de otro auto y se acercan a mí y golpean la ventanilla. No entiendo nada y no hago nada, pero ellas me dicen que me baje, que me tengo que bajar. Insisten y casi que me dan miedo. Ellas me dan miedo. Una la mira a la otra y le dice que ya está, que no pueden hacer nada más, y se van, decepcionadas parecen.

El auto arranca y de repente caemos a un océano, oscuro, el agua casi como si fuese una laguna, un pantano, mohosa. No siento el agua, no me mojo, pero sí de manera inmediata siento como que me ahogo. No puedo respirar, hablar, gritar, moverme, nada. Siento una desesperación terrible pero no puedo hacer nada, y quiero llorar.

Esa otra persona se acerca a mí y me acomoda, me recuesta. Es como si me estuviese haciendo un favor. Y por la cabeza se me empiezan a cruzar imágenes, muy de película, de mi novio en un futuro, siendo feliz, sonriendo, siendo exitoso.

De todas esas imágenes y sensaciones que recuerdo (¡cuántas habrá que no!), ésa es la conclusión a la que llegué. En mi sueño no estaba viviendo, era un ente, no podía hacerle bien a nadie, mucho menos a mí misma. Y al mismo tiempo no hacía nada, nunca iba a hacer nada por mí misma.

Creo que suena terrible, y no les cuento a las tres y media de la madrugada, y por eso entenderán que mi reacción al despertar fue la de ponerme a llorar.

Mejor no intento interpretarlo, demasiado con cómo lo sentí.

Un año más y una muela menos

Cumplí 29 años este fin de semana. No vuelvo a cumplir más años hasta nuevo aviso. Me quedo en el título de “veinteañera” por propia elección. No me siento de 29, y nunca, ni dentro de varios años probablemente, me voy a sentir como una treintañera.

No pude festejar mi cumpleaños como correspondía porque me sacaron una muela. No me importó, mejor, tenía la excusa perfecta. Torta comí, a algunas personas vi, no necesitaba más que eso.

La maldita muela de juicio con la que hace años venía luchando (primero bancando el dolor en silencio, esperando aquellos tramos en que mágicamente dejara de molestar, y luego tras un par de intentos de extracciones vanos), ya no forma parte de mí. Me soltó. Me dejó ir. Costó, molestó, dolió pero se fue. Ojalá otros dolores, menos físicos, también fuesen así: uno anestesiara un poco y luego arrancara de una.

Supongo que se termina otro año y es una época que nunca me pega de la mejor manera.

Obsesionada con los cuadernos

“Keep a notebook. Travel with it, eat with it, sleep with it. Slap into it every stray though that flutters up into your brain. Cheap paper is less perishable than grey matter. And lead pencil markings endure longer than memory”.

Jack London.

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(en instagram soy CASI -alguien luego se apoderó de él un par de veces- la única persona que usa el hashtag #coleccióndecuadernos y allí podrán ver algunos a los que le he sacado fotos)

Soy adicta a comprar cuadernos. Es inevitable, ¿cómo no hacerlo si cada vez los hacen más bonitos? Después están otras cuestiones. La primera, ¿para qué lo uso? La segunda, también muy importante, ¿y si no le doy el uso que se merece? ¿Y si lo arruino? Tengo todavía muchos cuadernos preciosos que no he usado sólo porque me da pena hacerlo, lo cual si lo pienso es una estupidez, pero no puedo evitarlo. Quiero que sean eternamente bellos.

No sé cuántos cuadernos tengo. No sé cuántos tengo sin usar ni tampoco cuántos empecé (confieso que no terminé demasiados, por eso de constantemente empezar alguno otro), hace mucho que dejé de contarlos.

Actualmente, mis preferidos son:

-El de mi bullet journal. Ese de Brugges de Minnie Mouse que ven en la foto. Es hermoso.

-Mi diario personal. Un cuaderno-lata que dentro tiene hojas de todo tipo, rayadas, lisas, con puntos y hasta color madera. Ése es el que no dejo que nadie lo lea.

-Uno inclasificable, muy bonito y rayado, generalmente el que llevo conmigo si viajo a algún lado y tiene dibujos, reflexiones, frases, scrapbooking y lo que se me ocurra en el momento.

-Uno de Star Wars donde simplemente anoto todas las películas que veo a lo largo del año. Decidí de todos modos que el año que viene voy a hacer lo mismo pero agregando la fecha en que las veo, o quizás separando por mes -no sé, ya veré-.

-Uno pequeñito que va siempre conmigo en la cartera, también es íntimo -o sea no se lo mostraría a nadie-, y escribo todo lo que se me ocurre que quiero pero no tengo el cuaderno correspondiente a mano, así que luego transcribo.

-Un anotador de mano donde escribo frases o reflexiones que se me ocurren sobre las películas que veo y sobre las cuales luego tengo que escribir.

Obvio que tengo más en uso, como uno con frases de libros que transcribo, o dibujitos varios, o ideas para mi blog o lo que fuera. Pero los mencionados son los que suelo tener más a mano -en mi mesita de luz, una mesita de luz que rebasa de cosas, tengo que confesar-.

Para mí nunca habrá como escribir a mano, es algo que me encanta y me produce mucho placer. Escribir con una linda lapicera, que se deslice bien, que tenga un lindo color. En mi día a día uso las Uniball y en mi bullet journal las Staedtler, no las cambio por nada.

Cuando era más chica y mi madre me llevaba  a hacer las compras a principio del año escolar siempre volvía un poco decepcionada de no poder llevarme todo. Ahora que crecí y que yo manejo mi propio dinero, decidí que no tengo por qué no comprarme algo sólo por el hecho de que, es verdad, puede que no lo necesite. A la larga, lo considero pequeños gustos, de esos inofensivos. Así, acumulo cuadernos y útiles escolares, so what?

Paseando por el cementerio

No sé por qué sólo hasta que leí “Alguien camina sobre tu tumba” de Mariana Enriquez no se me había ocurrido la idea de ir a visitar cementerios. O sea, cuando viajaba a algún lado, sin necesidad de que fuera muy lejos incluso.

No conozco muchos cementerios, pero por ejemplo me fascina (y no entendería a alguien que no, con lo bello que es) el Cementerio de la Recoleta, tanto que la última vez casi me dejan adentro, pero me reservo esa anécdota por vergüenza (dejaría en evidencia mi ignorancia ante 1: el aviso de cierre y 2: el horario estipulado).

Cuando con mi novio surgió la idea de escaparnos el fin de semana y elegimos como destino la ciudad de Lobos, yo estaba bastante sumergida en el que fue el primer libro que leí de Enriquez. Entonces, a la hora de investigar qué podíamos hacer, busqué si había un cementerio. Y efectivamente lo hay.

Ubicado un poco lejos (quizás más de veinte cuadras) de donde nos hospedaríamos, me estudié el recorrido en el mapa, aunque no había podido averiguar su horario (y no sé si hay un horario “normal” de cementerios y cuál sería éste). Por suerte, al llegar nos tranquilizamos al ver el cartel que indicaba su apertura de 10 a 18. Es que fuimos al mediodía, un sábado, y como Lobos es muy pueblo, muchos lugares cierran a la hora de la siesta (me perdí de comer algo aunque no de comprar en el Almacén de Ideas por ese mismo motivo por ejemplo).

El cementerio está ubicado casi en la entrada a la ciudad, sobre la ruta, y al lado de unas viejas vías de tren. Lo primero que se aprecia, ya desde lejos, son los nichos. Hay miles de ellos, incluso un primer piso al cual nosotros subimos para apreciar el cementerio desde una altura un poco mayor.

Contrario a lo que imaginábamos, el cementerio de Lobos no es ni pequeño ni tan modesto. Es cierto que no hay muchas esculturas pero en general se aprecia mucho cuidado. Y justamente al no haber muchas esculturas ni mausoleos (sólo en alguna parte se acumulan, las diferencias de clase siempre terminan notándose), es fácil apreciar el cementerio en vistas generales, no es laberíntico como el de Recoleta y es de una estatura menor, digamos.

Otra cosa que me llamó la atención es que no es tan frío, y no sólo porque hay más verde que cemento, sino porque en serio noté mayor cantidad de flores (aunque muchas sean artificiales y por lo tanto eternas), y hasta algunas de las tumbas estaban pintadas con colores llamativos (había una lila con molinitos y un colibrí de plásticos que parecía un mini parque de diversiones), o junto a las flores agregaban stickers y hasta unas especie de tarjetas cubiertas de plástico (daba un look berretón, hay que decirlo) que descubrimos que vendían en al menos una de las dos florerías que estaban enfrente.

Debo confesar que una de las cosas que más me gustó de la visita es que estábamos prácticamente solos. No sólo tiene que ver con mi alma tan poco sociable, sino que en serio en esos lugares disfruto de pasear y sacar fotos y a veces temo que uno lo tome un poco como una falta de respeto, sobre todo porque éste no es turístico como el de Recoleta, se percibe más íntimo siempre. Y no todos tienen la misma relación con estos lugares.

Bueno, resulta que el día que casi me quedo encerrada en el de Recoleta, claramente no fue adrede. Pero sí venía disfrutando de estar casi sola (yo creí que el fío era el culpable, no el hecho de que ya cerraba o cerró), de caminar hasta perderme (me tuvieron que guiar hasta la salida cuando me encontraron).

Cuando camino por estos lugares no puedo evitar pensar en la cantidad de historias que esconde. Desde la despedida que una madre e hija le hacen a quien murió a los catorce años, hasta aquella al “último fan de Arjona”.

En cuanto a historia, encontramos la tumba de Juan Moreira. Cuando salimos a comer, investigué un poco más online y leí que su cráneo no estaba con el resto de sus restos, valga la redundancia, sino en el Museo de Perón, nuestra próxima visita. No obstante, cuando terminamos el breve recorrido, nos dimos cuenta de que no vimos ninguna referencia a él. Mi novio es más extrovertido que yo y preguntó al respecto, y gracias a esa actitud que yo no hubiese tenido nunca (que puede ser muy normal para el resto de los seres humanos), nos contó el señor que nos guió que mucha gente no quería nada expuesto referido al gaucho, pero que lo tenía, sí, en la oficina de la dirección, y nos invitó a pasar a verlo.

Volviendo al cementerio, sólo puedo pensar en que lo más interesante que encontré en Lobos no aparece en ningún sitio de turismo ni atracciones ni nada por el estilo. Si no agregaba la palabra “cementerio” al buscador, no me enteraba de que existía.

* Fotos mías, @enjoyjessica

Oda al sofá

En el centro del departamento se rige él, eterno compañero, especialmente de tardes y noches frías. Enorme, negro, poderoso. Cubierto, por la frazada que una abuela tejió y muchos colores. Bajo la cual yacen sus cicatrices y marcas de guerra: rasguños, alguna tajada, marcas varias, producto de lo mucho que vivió y sobrevivió, en la casa de algún amigo o ahora en la mía.

Es el apoya cosas. Es llegar a casa y arrojarle la cartera y la campera. Si no encuentro mi celular es probable que esté hundido entre sus almohadas.

Es sofá y cama. Cama muchas veces sin necesidad de desplegarlo antes, cuando me quedo dormida y hago una siesta improvisada o es de noche, tarde y me da fiaca caminar hacia la cama.

Es mi asiento para comer, aunque la mesa ratona resulte bajita y termine improvisando una bandeja con alguna almohada. El lugar donde leo mientras suena algún disco de fondo. Nuestra butaca de cine favorita, ya que hemos visto incontable cantidad de películas sobre él.

Detrás suyo se esconde mucho más que la ventana. Cajas de cómics viejos de los que en algún momento nos vamos a deshacer. El paraguas (siempre seco) colgando del caño. La aspiradora. Una bicicleta fija que uso cuando se me antoja.

Es una casa dentro de otra casa. Sofá, cama, refugio. Un habitante más.

Mandarinas

Pensar en cítricos, especialmente en las mandarinas, me rememora inmediatamente a mi infancia. A cuando yo tenía cuatro años y mi madre estaba embarazada de mi hermana menor, el único de sus embarazos que puedo recordar (mi otra hermana nació casi inmediatamente después que yo). Recuerdo que vivíamos (alquilábamos) en una casa de San Martín, con patio y dos árboles: uno de limones y uno de mandarinas.

Puedo recordar también momentos como cuando nos subíamos a un poste que había y le tirábamos, con mi hermana un año menor que yo, piedras al gato del vecino. Recuerdo incluso que teníamos un gato, uno negro, uno que en realidad un día vino a casa y se quedó allí, uno que mis padres no planeaban tener. Y recuerdo que un día simplemente desapareció y no supimos más de él. No sé si mis padres habrán sabido y no nos quisieron contar o si realmente un día se fue, a la larga era un gato callejero.

Pienso en mi mamá embarazada y no tengo forma de recordar pero sí me han contado que siempre sintió antojos por lo cítrico. Y que, cuando por algún motivo el doctor se lo prohibió o se lo desaconsejó, nunca sé ni entendí (no entiendo qué tiene de malo comer cítricos pero tampoco sé qué es estar embarazada), mi padrino, que ayudó y estuvo mucho en nuestros años más tempranos, el hombre más bueno que hay sobre la Tierra, le traía a escondidas bolsas de naranjas.

Pero lo que sí recuerdo por mí misma, aunque vaya uno a saber cuánto se puede haber deformado ese recuerdo con los años, es cuando estábamos en esa casa de San Martín y mi madre estaba enorme a causa de su tercer embarazo, y no podía parar de comer. Y una de las cosas que más disfrutaba, era de las mandarinas. Lo que recuerdo es que se comía tantas que no le daba tiempo al árbol para que diera nuevas frutas, o al menos para que éstas maduraran. Me acuerdo que ella me convidaba, porque a mí también siempre me gustaron los cítricos, y me acuerdo que se comía muchas verdes. Literalmente, estaban verdes. Pero eran ricas igual, porque yo las comía con ella y no recuerdo que me disgustaran. Hoy pienso y supongo que eran más ácidas, pero eso no lo recuerdo.

El otro día pasé con el colectivo, como paso siempre, por las mismas calles cerca de casa. Como paso siempre por los mismos lugares, a veces dejo de mirar porque simplemente doy cosas, lugares, paisajes, por sentado. Estaba por bajarme y veo fugazmente un árbol con mandarinas. Lo vi tan rápido que hasta un poco dudé de mi vista.

Hoy, que no tuve que ir a trabajar, salí a comer, sola, por el barrio, a un lugar que siempre quise visitar, de tanto pasar frente a él con el mismo colectivo, pero no lo había hecho aún. Al volver, recordé ese árbol y lo busqué. Estaba segura de que estaba en cierta esquina y cuando llegué allí y no lo vi, dudé una vez más de mí misma. Había otros árboles, más aburridos, sin frutas, sin otro color que no sea el verde. Pero seguí caminando y a la esquina siguiente lo encontré. Estaba ahí. No pude porque estaba muy alto pero no hubiese agarrado seguramente uno de sus frutos. Sólo le saqué una foto, desde abajo porque soy chiquita y así sentí que me envolvía. Esta foto:

I’m back

Desaparecí. Es cierto que nunca tuve mucha constancia con el tema blog, o quizás sí, pero hace añares de eso. En este tiempo tuve intenciones de escribir sobre ciertas cosas (como por ejemplo, de mi experiencia en el Lollapalooza, al cual asistí por primera vez, pero a esta altura ya les quedaré debiendo ese post probablemente forever), y luego me fui, de vacaciones, no totalmente desconectada (sólo a través del wifi en el hotel y algún que otro punto), pero lo suficiente como para inundar mi instagram, es decir, mi diario fotográfico, de fotos.

Sí, probablemente tengo una leve (esperemos) adicción a esa red social. Algunos la consideran superficial, medio como con Facebook, porque se supone que es un lugar que muestra constantemente lo lindo que somos (justo para mí, que me saco contada cantidad de fotos a mí misma, bueno, que me sacan, soy de las que odian las tan veneradas selfies). Si es que instagram se trata de mostrar lo felices que somos, notarán que hay épocas en las que subo muchas más fotos que en otras. Así que puede ser, porque en este último viajecito fui muy feliz y en sólo una semana subí cientos (sí, cientos, ¿ya mencioné mi leve adicción?) de fotos.

Capaz haga luego una crónica de lo que fue mi experiencia, les cuento que hice las Cataratas de Iguazú, desde ambos lados, y visitamos junto a mi novio otros lugares de Foz (donde nos quedamos), hermoso. No conocía y la verdad es que debería ser obligatorio hacerlo al menos alguna vez en la vida, es increíble la sensación de estar ahí, la naturaleza es imponente.

Bueno, y como si fuera poco, me hice Snapchat. Bah, lo tengo hace bastante. Es sólo que nunca congenié demasiado. Y mucho menos cuando se puso de moda acá (tarde, como siempre) y salieron todos con sus orejitas de perrito. Así que si me quieren seguir, sin esperar verme con esas orejitas y cosas por el estilo por favor, pueden buscarme como enjoyjessicaj (maldita sea, mi usuario corriente ya estaba ocupado así que tuve que agregarle una j).

Eso por ahora, no sé a quién puede interesarle tanta cháchara sobre mí pero supongo que este blog es también como una especie de diario personal; así supo serlo aunque con el tiempo me volví más cohibida al respecto (capaz porque cada vez más gente conocida llegaba a él y tenía que enfrentarme al conflicto de, ¿quiero o no quiero ser leída?).

No sé sobre qué escribiré luego pero creo que tengo ganas de expresarme un poco sobre dos series que me gustaron mucho. Una, la siempre favorita, Girls, porque en esta última temporada ha crecido muchísimo, y el capítulo del domingo supo provocarme mil sensaciones encontradas, me enamoró y me rompió el corazón terriblemente. Y la otra, Love. Sí, tengo ese estilo de gusto particular con las series, hay otras más mainstream que me gustan (aunque ya dije muchas veces que son pocas con las que tengo constancia) pero de estas dos particularmente me he enamorado.

Hasta pronto.

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